De la Patagonia al mundo: viajes, dibujos y un guiño del destino

evolución

“Esta mochila está preparada para vivir” fue una de las cosas que sintió y escribió un joven vendedor, antes de abandonar la ciudad de Bariloche, cuando el 2013 apenas comenzaba. Su sueño de viajar se cumplía por fin y el destino lo acercaba, aunque él no supiera, hasta la mujer que compartiría su proyecto de ir dibujando el camino.

Por Bárbara Dibene

Imágenes y videos: gentileza de los entrevistados

Leandro Baud estaba cansado de su trabajo. Odiaba vender tarjetas de crédito, préstamos, cuentas corrientes y “todos los productos que el banco generaba para endeudar a la gente”. Pero como buen buscador del lado positivo, destacaba la belleza natural de la ciudad y los viajes laborales que tenía que hacer hasta las provincias de La Rioja y Catamarca que le daban 1.800 kilómetros para pensar.

Los viajes los hacía por cuenta propia en su Peugeot 306 gasolero modelo ‘97. Lo había comprado hace pocos años con  230 mil kilómetros recorridos y antes de arrancarlo por primera vez tuvo que llamar a la grúa para que lo llevaran a un taller. Pero lo quiso inmediatamente, era su primer auto. Arriba de “Toro blanco”, Leandro tuvo largas reflexiones y fue dejando su huella (debido a una irreparable pérdida de aceite).

Leandro junto a su Peugeot 306 modelo ´97

La conclusión a la que siempre llegaba era que necesitaba hacer un viaje más grande, y las oportunidades no tardaron en llegar. Cuando las cenizas taparon Bariloche, su jefe le ofreció un traslado definitivo a Catamarca, seguro de que las ventas iban a caer. Él no aceptó. En cambio, logró negociar viajes frecuentes a Jujuy y Salta que también hizo solo y en su auto. Con alegría, recuerda la proeza de su Peugeot de cruzar por encima de los 4 mil metros de altura a través de las Salinas Grandes para llegar a Humahuaca y después avanzar hasta el pueblo de Iruya.

Después de tantas travesías y alegrías, estaba convencido de que tenía que haber una forma de hacer eso toda su vida. Su sueño siempre había sido recorrer América Latina, y por fin estaba seguro de que ya no podía regalarle su tiempo al banco. La oportunidad se presentó cuando el límite de edad para solicitar una visa de trabajo en Nueva Zelanda cambió de los 30 a los 35 años. Él tenía 34.

Cuando Leandro se enteró de que había quedado seleccionado supo que ya no podía retrasar su ansiado viaje. Antes de cambiar de continente, tenía que darse la posibilidad de recorrer el nuestro y vivir una experiencia de mochilero. Por eso se preparó, creó en Facebook la página “Vamos dibujando el camino” y escribió de forma casi premonitoria  que estaba listo para conocer a esas personas que el destino dice que por algo tenés que conocer.

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Marcela Jaramillo, una simpática colombiana más conocida entre sus amigos como “Marcelilla Pilla”, siempre pensó que dibujar le permitiría trabajar desde cualquier parte del mundo. El problema era que ella no sabía dibujar. Por eso, a poco de licenciarse como diseñadora industrial, decidió empezar a tomar clases de expresión gráfica. Su profesor encontró en sus dibujos chuecos y desalineados un diamante en bruto, a los que sólo faltaba poner un poco de orden y trabajarlos más.

El tiempo y la dedicación que ponía en sus dibujos le hicieron ver que ya no lo hacía para perfeccionarse y tener una herramienta laboral, sino que había descubierto aquello que quería hacer toda su vida. “A los pocos meses, empecé a tomar clases de ilustración, donde aprendí que dibujar no es encontrar la proporción áurea sino contar historias. A partir de eso empecé con mis diarios de viaje ilustrados, que no eran diarios de viaje porque yo no estaba viajando, sino más bien el registro de mi día a día, de mis amigos, de la cerveza y la calle”.

En el 2012, cinco años después de muchos dibujos y experiencias vividas y contadas, Marce se presentó a una convocatoria organizada por el Ministerio de Cultura de Colombia en conjunto con la Secretaría de Cultura de Argentina, que se llamaba “donde fueres haz lo que vieres”. Afortunadamente ella ganó, lo que le dio el último y definitivo empujón para saber que podía vivir de hacer lo que le gustaba.

Marcelilla en la expo Donde Fueres Haz lo que Vieres

“El proyecto básicamente consistía en hacer una crónica de viaje ilustrada que registrara la vida cotidiana de Buenos Aires: la gente, los hábitos, la comida, las esquinas de la ciudad, el transporte y las fiestas eran mis modelos. Después de dos meses de dibujar incansablemente y de adquirir miles de nuevos hábitos empecé a pensar en viajar para dibujar y el dibujo se convirtió en mi herramienta para explorar el mundo”.

Cuando su estadía en Argentina terminó y tuvo que volver a Colombia, Marce tenía en mente un regreso. Quería especializarse en Estudios Culturales y podía hacerlo en Rosario. Lo que no sabía, era que en la noche de su regreso, todo iba a cambiar y conocería a un argentino con muchas ganas de darle la vuelta al mundo.

 

La travesía del héroe

Leandro en las salinas de Uyuni

“El 1º de enero de 2013,  salí en micro desde la terminal de Bariloche, en un viaje de 40 horas hasta la ciudad de Salta. Una semana después crucé a Bolivia,  para tomar un tren de unas 10 horas con destino a Uyuni. Bien podría decirse, un viaje al cielo. Al ser época de lluvias, unos centímetros de agua cubrían todo el salar formando un espejo eterno. Tal es así que uno podía ver reflejado el cielo a sus pies. Es una sensación increíble de estar caminando sobre las nubes.

Recorrí la historia de Potosí, y me llevé muchas sensaciones de su Cerro Rico. Llegué a la altura de La Paz. Recorrí la ciudad, la caminé tratando de no agitarme, mascando coca. Me metí en los mercados, me senté a escribir en su Plaza de Armas con las banderas de Bolivia junto a la de los Pueblos Originarios. Y seguí viaje hacia Copacabana y la Isla del Sol. Vivía dentro de mi sueño. Ya estaba en tierras peruanas cuando visité Puno y seguí el viaje hasta Arequipa. Pasé la noche en medio del Cañón del Colca, luego de caminar 10 horas por la montaña y de dormir en una casa de barro.

Todos los caminos conducen a Marcelilla

Una mañana llegué a Cuzco, con la intención de hacer el Camino del Inca y llegar al Machu Picchu. Todo iba bien hasta que la noche anterior, antes de partir, me descompuse, me deshidraté y me desmayé. Ya sospechaba que estaba soñando más de la cuenta porque me desperté en un hospital con suero y un médico preguntándome cosas raras. Diagnóstico: Giardia lamblia. Un parásito que está en el agua y en las verduras, al que los médicos denominan diarrea del viajero. Al tercer día resucité entre los muertos y salí para Aguas Calientes. No paré hasta llegar al Machu Picchu, un lugar simplemente impresionante.

Luego de un viaje largo en colectivo, aparecí en Lima, sin cansarme de sus atardeceres rojos, naranjas y amarillos furiosos en el mar. En ese punto, debía tomar la decisión de seguir por tierra hacia Ecuador o cruzar el Amazonas en barco. Decisiones. Destinos. Vaya a saber por qué, decidí llegar al Amazonas donde me esperaba Iquitos. Me tomé una de las dos mil moto-taxi hasta un puerto de barro, donde partía un barco que recorrería los 600 km que separan Iquitos (Perú) de Leticia (Colombia). En tres días alcancé a subir, coloqué mi hamaca entre la multitud, y me dispuse a esperar un par de horas a que encendiera sus motores. Fueron pocos los segundos que descuidé mi pequeña mochila, pero suficientes para que un mago disfrazado de ladrón y vendedor ambulante, hiciera desaparecer mi mochila con mi plata, mi cámara, mi diario de viaje, y mi pasaporte. Mi viaje comenzaba a cambiar su rumbo inesperadamente. Me tuve que bajar para hacer la denuncia. Por suerte, tenía la billetera en mi bolsillo.

Luego de dormir en el medio de la selva, en una cabaña de madera con mosquiteros rotos, entre tarántulas y anacondas, pude tomar una lancha y llegar hasta la triple frontera del Amazonas. Finalmente, llegué a Leticia, donde tomé un avión hasta Bogotá para visitar a mi amiga de la secundaria, Guadi, que compartía la casa con otras personas. Y esto fue lo que pasó:

 

La felicidad no es total si no es compartida

Después de una conquista “al estilo argentino”, Leandro le propuso a Marcelilla hacer la Ruta del Café juntos y ella aceptó. “Sin conocernos, estábamos en un colectivo con destino al pueblo cafetero de Armenia y apenas sabíamos nuestros nombres. En medio del viaje, ella saca un cuaderno para dibujar. Me aclara que eso es lo que ama hacer, que es diseñadora industrial, profesora de ilustración y que le encanta hacer dibujos callejeros todo el tiempo, de gente y de momentos”.

Una noche, mientras tomaban un café, Leandro se puso a dibujar una cafetera antigua. Era algo que no hacía desde chico, aunque en esas épocas solía disfrutarlo mucho. Fue entonces cuando se dio cuenta de que un motor de cambio había comenzado a operar.

Su página “vamos dibujando el camino” empezaba a tener sentido, y podía compartirla con alguien.

 

Sin embargo, cuando la Ruta del Café terminó, tuvieron que separarse para continuar con la rutina. Ella volvió a Bogotá y a su trabajo, y él, a sus aventuras, dos semanas en Cartagena de las Indias esperando un barco que nunca llegó. “En ese lapso, me di cuenta de que mi viaje ya no era el mismo. Tenía un cuaderno donde me la pasaba dibujando todo lo que veía. Era mi forma de extrañarla“.

Decidió no esperar más e ir a buscarla. Prometieron verse en La Habana y recorrerla por un mes. Pero Leandro no pudo más con su ansiedad, y mientras Marce arreglaba las cosas en su trabajo, él apuró su viaje salteándose varios países de América Central.

plaza rev dobleEl 20 de marzo los encontró juntos en la isla. “Uno de los momentos más increíbles fue cuando nos sentamos en la Plaza de la Revolución a dibujar juntos. Ese fue nuestro primer dibujo de lo mismo, dibujando de a dos y nos dimos cuenta de que deteniéndonos a dibujar nos llevábamos mucho más que al sacar una foto. Nos acordamos de todos los detalles que observamos para hacerlo: la posición de una pequeña antena, el mástil con su bandera, las ventanitas abiertas del edificio, los árboles, las sombras y los colores; pero más que eso era tener una excusa para disfrutar de un momento”.

Marce asegura que Cuba es otro planeta, “la isla siempre me llenó de curiosidad y hacía mucho que quería ir porque todos lo que van dicen que hay que visitarla antes de que se vuelva capitalista. Cuando Lea me lo propuso, dudé un poco, pero después pensé que si no funcionaba nos podíamos separar y listo. Pero lejos de eso, nos entendimos muy bien desde el principio”.

Durante un mes, salieron juntos a recorrer la isla de punta a punta, a conocer su historia y divertirse tomando ron y bailando salsa. Marce confiesa que sus primeras dudas desaparecieron pronto y que otras nuevas surgieron. “Sin darme cuenta pasé el mes más increíble de mi vida. Un mes en una isla, desconectada del mundo y con el chico de mis sueños. Sólo tenía un par de problemas: él vivía en la otra punta del mapa, se iba para Nueva Zelanda y no sabía lo mucho que me gustaba”.

 

Decisiones y contratiempos

Después de Cuba, nuevamente llegó la separación. Leandro se volvió a la Argentina y Marcelilla a su trabajo en Bogotá. Pero al poco tiempo ya estaban planeando cómo volver a verse.

Al mes siguiente, ella tuvo su primera exposición de arte y él vendió su querido “Toro blanco” para poder viajar y estar presente ese día.  Y cuando Leandro volvió a la Argentina, fue ella la que viajó para conocer Bariloche y a sus amigos. Marce seguía con intenciones de realizar sus estudios culturales en Argentina, y Leandro, haciendo gala de su oficio anterior, le hizo la oferta irrechazable: “para qué vas a hacer estudios culturales si los podés vivir viajando”.

Con la decisión tomada, repartieron las pertenencias de Leandro entre la familia y los amigos, y se despidieron de ellos. Él voló a Nueva Zelanda y ella volvió a Colombia para tramitar su visa, lo que fue una verdadera odisea ya que Colombia figura en casi todo el planeta como “país peligroso”. “Mi hermanito se había ido hacía seis meses para Australia, compró un curso de inglés con la novia y los de la academia les hicieron todos los trámites. Yo quise hacer lo mismo, compré un curso de inglés en la misma academia y entregué todos mis papeles. Pero a mí me llegó una visa limitada por cuarenta días. Jamás me sentí tan furiosa”.

Y aunque la furia le duró varias semanas, finalmente pisó suelo neozelandés, no sin cumplir ciertos requisitos extras. “Para pasar migraciones necesitaba un pasaje de salida a un país que me dejara entrar. A los colombianos nos exigen visas para casi todos los países del mundo, pero hay una pequeña isla en la que somos bienvenidos: Fiji”.

Como sólo podía quedarse un mes, Marce fue a la academia de inglés en Auckland para averiguar su situación. Allí se enteró  de que tenía que hacer el curso obligatoriamente si no quería ser deportada por migraciones. Las cursadas eran de lunes a viernes, lo que le dejaba sólo los fines de semana libres para visitar a Leandro, que vivía en un pueblo a cuatro horas y media de distancia.

Sidney en dibujos

Cuando la primera visa terminó, se vieron forzados a viajar a Australia y gastarse prácticamente todo su presupuesto. Sin embargo, Marcelilla lo recuerda como una aventura que supieron aprovechar: “Mientras esperábamos que mi visa saliera hicimos de todo. Conocimos Sydney al derecho y al revés. Paseamos, hicimos picnics, viajamos en tren, llegamos a Melbourne, amamos Melbourne y visitamos a mi hermano. Todo en los 25 días que duró nuestra espera”.

Al final todo salió bien. Pudieron volver a Nueva Zelanda y empezar a trabajar para generar recursos y seguir viajando. La experiencia les sirvió para unirse más y acompañarse frente a los choques culturales en su nueva vida. Para Leandro, “cuando pasan todas estas cosas es cuando más extrañamos nuestra Patria Grande, nuestro continente tan hermoso. Donde cada país de América Latina tiene algo que destacar, pero lo que en definitiva, uno termina destacand es la calidez de su gente”.

El proyecto juntos

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Hoy por hoy la realidad que viven Leandro y Marcelilla es mucho más alentadora. Están viviendo en Wanaka, al sur de Nueva Zelanda, un lugar rodeado de montañas y lagos. Para ella es digno de un cuento, “nuestra casa no tiene llaves, está en medio de un bosque donde abundan las liebres y que ahora, en otoño, forma un colchón de hojas con toda una gama de rojos y amarillos. Unos amigos de Lean de Bariloche estaban viviendo acá hace unos meses y nos presentaron a un amigo uruguayo que estaba a cargo de un sector del supermercado del pueblo. Lean a los pocos días ya estaba trabajando como repositor de vinos y un par de meses después le extendieron un contrato para cambiar el tipo de visa de trabajo, la cual le permite solicitarme a mí como su mujer y así lograr que me otorguen una visa de trabajo a mí también”.

Marce y Leandro están ansiosos y esperan poder obtener esta visa que les dará un año de tranquilidad.  “Mientras tanto, ella hace trabajos por internet, dedicándose todo el tiempo a la ilustración. Por ejemplo, ahora estamos preparando unos dibujos para presentar en una muestra de Semana Santa, con la posibilidad de venderlos”. Él está seguro de que todo está dándose de a poco pero que van a llegar muy lejos, todavía más.

los dos sidney vdc

Viajando para dibujar. Y dibujar para seguir viajando es uno de los lemas de vida y de la página web que ahora les pertenece a los dos. El proyecto busca ser compartido y en él quedan expresados todos los momentos y vivencias con los que se encontraron y siguen encontrando en su recorrido.

Marcelilla reconoce que las diferencias entre ellos terminaron por unirlos y complementarlos alrededor del dibujo y los viajes. “Yo como profesora hablo, teorizo, pienso y reflexiono sobre el dibujo pero Lean no, él solamente agarró mi lapicero un día y empezó a dibujar sin pensar y sin dudar. Eso me encantó. Por otro lado, su afán de comerse el mundo es contagioso, yo soy metódica, calculadora y pienso más de la cuenta, pero me dejé llevar por su entusiasmo; armé mi mochila y salí a recorrer el mundo con él. Cuando nos dimos cuenta, yo estaba viajando y él dibujando y así empezamos a compartir el camino, el dibujo y la vida”.

 

Corolarios y reconocimientos

Hace apenas unos días, en plena Semana Santa y con todo el entusiasmo que demuestran ponerle a todo, Leandro y Marcelilla llevaron algunos de sus cuadros para que fueran expuestos en una muestra. Sin embargo, sólo ella pudo estar presente cuando el evento comenzó porque él tenía que trabajar. Del otro lado del mundo y comprendiendo la mitad del inglés neozelandés que no se escucha ni en las películas, Marcelilla tuvo su gran sorpresa. La encargada de anunciar la decisión del jurado subió al escenario y leyó el primer nombre. Rápidamente una chica se acercó y agradeció mientras los demás hablaban de su trabajo. Los mismo se repitió con otras dos personas, hasta que la presentadora tuvo problemas de dicción:. “Empezó a decir Marcela yaram…yaramil…“how can you say that? Yaramil… Diaz . No lo podía creer. En ese momento yo levanto mi mano y grito: Jaramillo!!! it´s me!!”  Marcelilla, totalmente colorada, con las risas del público subió al escenario a recibir el 1er Premio en Dibujo.

Con la sensación absoluta de ser una rockstar, Marce habló con Lean por mensajes de texto contándole lo que había pasado. Ninguno de los dos lo podía creer. Convencidos de que comenzarían a vender sus dibujos, visitaron al día siguiente la exposición y votaron por sus obras preferidas. Pero ni ese día, ni el otro, ni el siguiente tuvieron el éxito esperado.

Los tres cuadros volvieron a la pequeña y cálida casa que comparten, acompañados de un certificado de “Wanaka’s Arts Society” y de la sensación de la tarea cumplida. Marce y Leandro saben que esta oportunidad es una de las tantas que se les han presentado, y que seguirán apareciendo otras que sin dudas van a tomar. Juntos esperan seguir creciendo y viviendo la vida como les gusta vivirla, dibujando.

Les agradecemos infinitamente su colaboración para el armado de esta nota, habernos ofrecido fotos y videos, y ser nuestros nuevos amigos del otro lado del mundo.

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