Grand Prix al pasado

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La excusa que encontró  este grupo de amigos va más allá de la celebración del aniversario de su ciudad. No es que el cumpleaños de City Bell sea algo mínimo, pero lo que en realidad los estaba reuniendo, en pleno centro de la localidad platense y  entre cientos de personas, era el amor por los autos clásicos.

Por Yésica Sagliocca

Fotos de María Fronchkowsy

La cita fue el sábado 17, en una jornada que se extendió desde las 10 hasta las 17 horas. En el medio hubo desayuno masivo, en el Bar Coffe Back, degustación de carne de aves, bebidas espirituosas, que le daban calor a una mañana a la cual el buen tiempo acompañó. Tostado y café con leche mediante, estaban los curiosos y amigos que se detenían a ver la fila de 60 autos que, prolijamente estaban apostados a lo largo de toda la esquina de Cantilo y 13 c  Cada uno de ellos, brillantes y preparados para ser los protagonistas de las fotos y las miradas  de los transeúntes que se acercaron a mirar.

gran prix-2-2Alfredo “Coco” Spina es quien, junto a Pablo Álvarez, organizó y se encargó de cada uno de los detalles del Grand Prix City Bell.  Desde hace 30 años que vive en la ciudad y es dueño de cuatro autos clásicos. Con orgullo explica a quien le pregunta qué características tienen sus preciados bienes. A cada paso que da, es frenado por gente que lo consulta, y sobre todo por amigos que se detienen a compartir pequeñas anécdotas relacionadas con los autos.

La historia de Coco comenzó cuando tenía 18 años y  tuvo su primer auto descapotable. En esa época no era justamente un objeto digno de mirar, no era un auto clásico, era algo viejo, desteñido por el paso del tiempo; era como él lo define “una batata”. Pero él, de todos modos,  lo usaba como medio de transporte diario. Se movía por la ciudad, hasta lo llevaba a la facultad de arquitectura en donde, por ese entonces, estudiaba. Ahí fue cuando surgió el flechazo.

A la hora de tener que definir su afición a los autos,  Alfredo Spina,  la define como un hobbie. Pero no es cualquier hobbie. Habla de esa particularidad que define y diferencia a las personas. Es como quien ama la pesca, el golf o el fútbol, él se distingue jugando con autitos. Jugar con ellos implica inversión de dinero, pero también de tiempo  y ganas. No es sólo poseer un bien material que va a estar depositado en un garaje para exhibirlo con los amigos, en cualquier charla post asado, significa algo más: la reunión con amigos, compartir con la familia el gusto por lo clásico (incluso el día de la exhibición, su hija Cecilia lo acompañó con su auto, también de colección), juntarse con quienes comparten ese sentimiento para ayudar a otros o para celebrar y sobre todo, conocer cada uno de los detalles, históricos y particulares, que hay detrás de cada automóvil (escuelas artísticas, como el art-deco, la moda náutica y aeronáutica, plasmadas en los diseños relacionados a un contexto histórico y a una identidad de un país).

En esta poligamia entre los autos y la familia Alfredo Spina comparte los tiempos. Es un matrimonio armónico. No hay día en el cual sobre la mesa no haya un repuesto, o que se esté planificando a qué evento con amigos asistir.

“Jugar con autitos es dar respuesta a la pasión. Es lo que implica satisfacción, el cable a tierra. Es darle respuesta a lo que te gusta,  a tu identidad. Se comparte con los hijos. Siempre con estos autos hay una anécdota”

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gran prix-3-2Los autos clásicos no sólo hablan de la historia de su creación, de su contexto social e histórico sino que también remiten al pasado de quienes los coleccionan. Horacio Echavez y Daniel Amato recuerdan cómo aparecieron los autos en su infancia. En el caso de Horacio, que además de coleccionista es corredor de esta clase de automóviles, repasa cuando en  la plaza de los Andes, en Chacarita,  por primera vez vio un auto que  nunca se pudo sacar de su cabeza. Este recuerdo y, en particular su relación con su auto, le trae mucha nostalgia y melancolía.  La restauración de su coche no solo significa arreglarlo y que luzca bien, significa tener la sensación, irracional de “darle vida al hierro”,  sentir que  le está devolviendo la juventud. Bromea que es un poco en parte lo que le gustaría hacer con él mismo, pero lo conforma, de todos modos, la posibilidad de recuperarlo y darle una identidad.

Daniel se remite a una pasión heredada. Su padre también era aficionado al automovilismo, y el fanatismo era tal que a sus hijos no los dejaba ni acercarse al auto y menos aún que lo hicieran comiendo: no quería ni imaginar que una ínfima miga de pan le rozara alguna parte.

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Tanto Daniel como Horacio, no sólo coleccionan un objeto por el mero hecho de tener algo material, disfrutan de sus autos en la ciudad, también se sumergen en la aventura de llevarlo por todo el país. Ambos compartieron viajes extensos que implicaban un riesgo por la característica de sus automóviles. Pensar un viaje a Ushuaia como el que hicieron en 2009, partiendo de Buenos Aires, o a Cataratas, es todo un desafío para ellos y para su carrocería. Al igual que Mario, otro de los participantes y protagonistas de la jornada entienden que poseer estas reliquias no es, en su caso, una cuestión de esnobismo. Tenerlos implica un esfuerzo, pero sobre todo trae satisfacciones. Si uno pensara que el auto pudiera romperse no estaría disfrutando todo lo que implica darle vida e imprimirle rasgos propios  a algo que supo tener otro sentido para su creador.

“El hombre tiene que tener un hobbie  para poder sobrevivir a las esposas y a las suegras”

Pasaron por aquí y dejaron su firma...

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