Lago Espejo Chico (2º parte): “Mochi-chetos” y cupido en acción

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Calma en el Lago Espejo. Eran las 11 de la mañana y en el camping no volaba ni una mosca. La mayoría se había trasnochado en la última fogata y se encontraban en el octavo sueño. Cada tanto, el canturreo de los pájaros interrumpía la constante del silencio. De pronto, una fuerte música “punchi” rompió con el idilio. Desperté y abrí los ojos. ¿Quién era el desubicado?

Por Inka von Linden

Eran nuestros nuevos vecinos: los autodenominados mochichetos. El diccionario viajero los define como el punto medio entre mochi-gasoleros y mochi-vagos. Su principal objetivo es lograr el confort y la comodidad en todo momento. Por eso viajan equipadísimos: las reposeras, la heladerita, el disco y el alargue de luz se encuentran entre sus pertenencias infaltables. Por supuesto que se trasladan en camioneta, en la que pueden cargar todos sus chiches sin límite. Por lo general, duermen al menos la mitad de la noche en el auto, porque no aguantan el frío. Y cuando tienen hambre y no tienen ganas de cocinar, se van hasta la ciudad más cercana a comprar comida hecha. Para qué complicarse la existencia ¿no?

Abrí el cierre de la carpa para espiar. Eran cuatro jóvenes oriudos de La Plata, que en 20 minutos ya habían montado su imperio de tres carpas. ¡Y justo en el lugar al que nos queríamos mudar! La relación vecinal había comenzado con el pie izquierdo.

inkaDia5-3Desaparecimos toda la tarde del campamento. Nos fuimos a pasear con Jele por unos senderos de película a orillas del lago. Cuando volvimos a la tardecita, nos encontramos con que se había multiplicado el vecindario: habían llegado las mochichetas.

Comenzamos a cocinar arroz a oscuras, todo un desafío. Al ver nuestra dificultad, los vecinos nos ofrecieron su alargue con lamparita. ¡Qué alegría, teníamos luz! Así comenzaron a sumar puntos los mochichetos. Su menú eran hamburguesas bien completitas, hasta tenían queso pategrás rallado en hebras que era todo un lujo. La cocción de los patys fue un dilema aparte. Comenzaron haciéndolos en la parrilla, que tardaban una eternidad en cocinarse. Por eso, tras discusiones internas, terminaron haciendo algunas en el disco con el anafe. Había hamburguesas para todos los gustos.

Al final terminaron compartiendo todo con nosotras, y resultaron ser los mejores vecinos que nos tocaron. Mochi-gasoleras y mochichetos se convirtió en una buena dupla que, esa noche, brindó tomando fernet al calor del fuego y cantando una canción que les inventamos al ritmo de las culisueltas: “mo-chi-che-tos, el fefo, el santi, el franco,y el nano”. Y las mochichetas también tenían su versión: “mo-chi-che-tas, la cande, la polli, la pai y la cami”

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Esa misma noche fue escenario del episodio “cupido”. En el Lago Espejo Chico había un trasfondo romántico que no existía en los demás campings en los que habíamos estado. Jorge Rial se hubiera hecho un festín con el amplio panorama chimentero que había. Sucedía un fenómeno especial: canción va, canción viene, la magia de la noche iba uniendo parejitas en el gran fogón. Comenzaban hablando de sus viajes y experiencias, y de pronto eran influidos por un magnetismo que los impulsaba a acercarse a la luz del fuego. Lo extraño es que al día siguiente ni se saludaban, actuaban como dos desconocidos. Perecía que el efecto guitarreada duraba sólo unas horas.

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Pero el magnetismo del Lago Espejo Chico no siempre funcionaba, y ahí es cuando entré en acción como mochi-cupido. Un porteño veinteañero estaba desesperado porque “Pachu” ya no le daba bolilla. La noche anterior había sido afectada por el “fenómeno”, pero ahora ya ni lo registraba.

El enamorado se había acercado varias veces, pero se había chocado con la indiferencia. Así de frágil era el amor en los lagos. Cuando ya había perdido las esperanzas, lo convencí para que lo intentara una última vez. Utilizando un arma de seducción infalible para que le convide: melón con vino (donación de un cordobés para la causa). ¡Y funcionó! El porteño la reconquistó… pero sólo por esa noche. Al día siguiente, la magia desapareció otra vez: volvieron a ser completos desconocidos que al cruzarse  ni se saludaban.

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Pasaron por aquí y dejaron su firma...

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